Una pregunta: ¿Qué hubiera pasado si el español Max hubiera descubierto a Shintaro Kago antes que a Chris Ware? A mí me gustan ambos pero creo que Kago radicaliza la apuesta sobre el proceso de deconstrucción narrativa y fractalización de la página antes que Ware: en Kago el gore avanza en un sentido distinto al de Junji Ito, por colocar un ejemplo más o menos conocido. El gore acá es una forma de la parodia, una interrogación sobre cómo puede ser representado de modo figurativo el cuerpo y cómo debe ser narrado ese desmembramiento. Quizás acá está el último suspiro del surrealismo, a pesar de que César Aira leída esos procedimientos en las máscaras que Alejandra Pizarnik creaba sobre su poesía. Kago hace un interpretación de aquello. En el surrealismo, el uso de las imágenes y los conceptos siempre estaba en suspenso, sugería la posibilidad inmediata de una lectura más profunda que reconstituyera el sentido de esos símbolos que aparecían desperdigados como escombros de un inconsciente que debía ser rearmado en la contemplación o lectura de la obra. En el caso de Kago, aquello es literal. No hay segundas lecturas, no se simboliza nada salvo la fruición con la que se representa la mutilación y la muerte mientras se elabora -de modo muy sofisticado- una forma de narrar que dé cuenta de aquel desmembramiento.
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viernes, 24 de febrero de 2012
kago
Una pregunta: ¿Qué hubiera pasado si el español Max hubiera descubierto a Shintaro Kago antes que a Chris Ware? A mí me gustan ambos pero creo que Kago radicaliza la apuesta sobre el proceso de deconstrucción narrativa y fractalización de la página antes que Ware: en Kago el gore avanza en un sentido distinto al de Junji Ito, por colocar un ejemplo más o menos conocido. El gore acá es una forma de la parodia, una interrogación sobre cómo puede ser representado de modo figurativo el cuerpo y cómo debe ser narrado ese desmembramiento. Quizás acá está el último suspiro del surrealismo, a pesar de que César Aira leída esos procedimientos en las máscaras que Alejandra Pizarnik creaba sobre su poesía. Kago hace un interpretación de aquello. En el surrealismo, el uso de las imágenes y los conceptos siempre estaba en suspenso, sugería la posibilidad inmediata de una lectura más profunda que reconstituyera el sentido de esos símbolos que aparecían desperdigados como escombros de un inconsciente que debía ser rearmado en la contemplación o lectura de la obra. En el caso de Kago, aquello es literal. No hay segundas lecturas, no se simboliza nada salvo la fruición con la que se representa la mutilación y la muerte mientras se elabora -de modo muy sofisticado- una forma de narrar que dé cuenta de aquel desmembramiento.
jueves, 23 de febrero de 2012
tatsumi
Pocas obras recientes pueden sostener la lúgubre calma de los viejos cómics de Yoshihiro Tatsumi (1935), que sin estridencia recuerdan los cuentos más terribles o perversos de Junichiro Tanizaki. Por lo mismo, nada más inevitable que la lectura de la reciente “A drifting life” (2009), la peculiar autobiografía dibujada del autor, que cubre sus primeros años como dibujante en la posguerra, aquellos en los que creó el concepto de “gekiga”. Pero ojo, “A drifting life” no es “gekiga” puro sino una autobiografía de 900 páginas donde se narra detalladamente cómo un joven (el mismo Tatsumi o una versión suya, acaso más inocente) aprende a dibujar historietas. En medio, transcurren la resaca de la guerra y los fotogramas de la vida íntima japonesa, aquellos espacios íntimos agobiados por la pobreza, el racionamiento y la presencia norteamericana. Tatsumi dibuja todo esto sin apuro; su viaje por la memoria es casi siempre privado: los problemas conceptuales de la narración en imágenes, la intimidad de la familia, la oficina de una editorial, habitaciones hacinadas de todo tipo, un sitio baldío lleno de luciérnagas. Por lo mismo, los mejores –o los más amenazantes o significativos- momentos del libro de Tatsumi son opacos y casi invisibles donde planean la sombra omnipresente y modélica del maestro Osamu Tezuka, el cine como epifanía, el descubrimiento candoroso del héroe de los abismos que puede encerrar tanto el sexo como la página en blanco. Por supuesto, nada mejor que ese candor. Mal que mal, en un mundo donde casi todo es el dejavú de otra cosa, vale la pena contemplar el proceso del mismo Tatsumi, empecinado en inventarse un arte nuevo: el de la viñeta como despeñadero, el del futuro como una infinidad de historias esperando ser dibujadas o contadas.
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